martes, 28 de abril de 2020

NO ES UN DÍA CUALQUIERA, ES UN DÍA MÁS.

El pequeño relato que aparece más abajo, lo escribí el 28 de abril de 2020, en pleno confinamiento, y ahí se describe con detalles lo que era nuestra rutina diaria, en la cual había muy poco o ningún margen para la sorpresa, todo, hasta los diálogos seguían un orden preestablecido como si fuese una obra de teatro que se interpretaba a diario, lo que pasa es que en este caso no era ningún teatro, era la cruda realidad.
Y lo escribí porque necesitaba hacerlo, y ese es precisamente el objetivo que tiene este blog personal, un blog privado creado para desahogarme, para soltar lastre, o para dejar constancia de sentimientos y emociones que no quiero olvidar jamás.
Y esta fue una de esas veces que necesitaba escribirlo para de alguna manera perpetuarlo y recordar con inmenso cariño esos momentos a pesar de ser una situación que ya de por sí era bastante dura y que con el confinamiento se volvió doblemente dura. Pero sobre todo necesitaba escribirlo porque en el futuro quiero poder volver a leerlo y recordarlo con una sonrisa en la boca y seguramente también con lagrimas en las mejillas. Sí, porque hay vivencias que a pesar de no ser del todo agradables, y esta en muchos momentos no lo es, no deben de olvidarse nunca.
Como decía anteriormente, este blog personal, es un blog privado y cerrado y que solo en contadas ocasiones y para personas muy concretas suelo abrir su contenido, pero en este caso tan particular no me importa compartirlo públicamente. Creo que la mayoría de nosotros en mayor o menor medida, o ha pasado por una situación similar o la pasará en un futuro, y bueno, a unos posiblemente les traerá recuerdos y a otros que aún no han pasado por ahí, puede que les haga reflexionar, y ya solo por eso, puede que merezca la pena compartirlo.
Desde que escribí este relato ha pasado ya un tiempo, y ahora la rutina ha cambiado bastante, y evidentemente para peor, para mucho peor, aunque no queda más remedio que adaptarse y seguir adelante sin dejar en ningún momento de cumplir EL CUARTO MANDAMIENTO, y es que así era como mucho antes de que estallase esta maldita pandemia, solía saludarme un señor al cruzarse conmigo cuando me veía paseando con mi madre de la mano, “Vamos allá con el cuarto mandamiento” me decía, y yo, ignorante de mí, aunque no sabía qué quería decir con aquello, le devolvía amablemente el saludo con una sonrisa bobalicona y seguía caminando lentamente agarrando la mano de mi madre. Hasta que un día, me pudo la curiosidad y nada más cruzarnos con él y repetirnos de nuevo la misma frase, saqué mi móvil y busqué en google: “cuarto mandamiento” , y al ver el resultado de la búsqueda, fue cuando lo entendí todo. Tampoco había que ser un lince para ello, pero la verdad sea dicha, a mi no se me pasó por la cabeza.
Lo único cierto, es que ese señor, que casi siempre caminaba mirando al suelo, con la cabeza ladeada y que sin mirarme a la cara me repetía todos los días aquello de “vamos allá con el cuarto mandamiento”, hace ahora ya un año que no está con nosotros, y desde entonces, no hay un solo día en el que cuando voy camino de casa de mi madre, no me acuerde de él, y me sienta dichoso por poder cumplir ese sagrado mandamiento. Además, haciendo honor a esa expresión tan suya, no queda otra que seguir “palante”.
Aquella inesperada ausencia me hizo reflexionar aún más sobre la situación que estábamos pasando, una situación difícil y nada agradable a veces, pero a la vez reconfortante, porque estábamos teniendo la oportunidad de devolverle a mi madre, aunque solo fuese una milésima parte de todo lo que ella hizo por nosotros, lo que sería en esencia ese cuarto mandamiento.
Y es que sabemos que nuestros padres para cada uno de nosotros siempre van a ser únicos y especiales, pero es que en este caso, y nunca mejor dicho, ella ha sido única, porque desde muy joven tuvo que criarnos sola, así que creo que lo de única no admite discusión alguna. Y lo de especial, pues porque se lo ha ganado a pulso a base de trabajo y más trabajo además de por su generosidad. Por lo tanto, esta madre única y especial, se merece como todas las madres del mundo, un trato único y especial también, y en ello estamos, a veces con mucho dolor, pero con infinito amor, el mismo que ella siempre regaló y sigue regalando.
Reconforta también descubrir por la calle lo mucho que la gente la aprecia y que así te lo manifiesta, lo que no hace más que confirmar lo que ya sabíamos, que es una gran mujer y que tiene un inmenso corazón.
“Hay que ver, con lo que ella ha sido y lo que ha trabajado”, no sé ni cuantas veces habremos oído mis hermanos y yo esta frase en los últimos años, y así es “con lo que ella ha sido”, pero lo importante es que para nosotros lo sigue y lo seguirá siendo siempre, absolutamente siempre.
¡Te queremos mamá!
Hay cosas que escribo aunque nadie las lea.
Hay cosas que escribo para que no se me olviden.
Hay cosas que escribo porque necesito contarlas.
Hay cosas que digo que quiero escribirlas.
Hay cosas que pienso que merecen ser escritas.
Hay cosas que se quedan en mi memoria.
Hay cosas que están en mi alma ...
¡Ah! Por cierto, no quisiera dejar pasar la ocasión para reconocer públicamente la inmensa labor que hacen las cuidadoras y cuidadores de la Ley de Dependencia. Es una tarea muy poco reconocida tanto social como económicamente y sin embargo tiene un valor incalculable para las familias de las personas dependientes. Nosotros además podemos decir que contamos con dos grandísimas profesionales. Gracias Eva y Maribel.


NO ES UN DÍA CUALQUIERA, ES UN DÍA MÁS.

Estaciono lo más cerca posible a su casa para que luego ella no tenga que andar demasiado, y mientras camino hacia su puerta, en mi mente ya la veo sentada en su sillón mirando hacia el pasillo de la entrada. Sé que habrá mirado ya, no menos de veinte veces en los apenas cinco minutos que me he retrasado. Mientras avanzo por el pasillo, sé que ya me habrá visto y que estará sonriendo, por dentro, pero sonriendo. 
–¿Qué cómo vas?
–Aquí vamos
–Pues venga, vámonos...
–¿Ya nos vamos?
–Sí, venga aaarriba –le digo mientras coloco mis manos bajo sus axilas y tiro de ella para levantarla.
–¡No me sueltes que me caigo!
–Que no te caes mujer, ¿no ves que te tengo cogida?
–¿Estoy peinada?
–Estás muy guapa.
–Ave que me pinte una mijina los labios.
–Pero si no nos va a ver nadie mamá, si nos vamos a casa –pero ella ya ha cambiado de dirección y se dirige al espejo del cuarto de baño, y aún con el evidente temblor de su mano, logra pintarse los labios con destreza y sin salirse lo más mínimo, un esfuerzo tan loable como vano, pues ese carmín durará apenas cinco minutos, lo mismos que tarde en olvidarse que los tiene pintados y se limpie la boca con el pañuelo. Pero a mi sinceramente me encanta que se los pinte, mientras lo hace yo sonrío, porque a pesar de todo me alegra de que conserve esa coquetería que siempre ha tenido.
–Ave que coja el monedero
–Y el monedero ¿para qué lo quieres? -le replico como todos los días.
–Pos eso digo yo, pa na... pero cierra la habitación, no vaya a venir alguien y ... -tampoco termina la frase, pero ahí lo deja.
–¿Quién va a venir? ¿Van a venir a por ti? Si la gente no quiere cacos viejos –le digo en tono de broma.
–Eso es verdad –contesta ella como siempre.
–¿En coche vienes?
–Claro mamá ¿no querrás que vayamos andando hasta casa no?
–No, yo no...cierra la puerta con llave –me dice cambiando de tema.
–¡Tanto cerrar, tanto cerrar! la que te ha dado ahora por cerrar todo, no ves que se queda ahí mi hermano –le replico. 
–Ten cuidaito no me des en la pierna que tengo ahí ... –me previene como siempre mientras iniciamos el ritual de subirla al coche.
–Que no te doy, tranquiiilaa –le interrumpo yo antes de terminar la frase, consciente además que no logrará encontrar la palabra que describa el pequeño edema que se le ha formado en su pierna derecha.
–Cógeme el cachondo este –se refiere así al cinturón de seguridad– que no alcanzo con este brazo chengo –y es verdad que no llega, pero ella lo intenta cada vez que se monta.
–Voooy, espérate, que ni siquiera me he montado todavía, no seas impaciente –le replico una vez más.
Y ahí te das cuenta que llevas apenas cinco minutos con ella y ya le has replicado en varias ocasiones, y por eso te paras un segundo, la miras, sonríes y le das un beso para empezar de nuevo con mucha más paciencia, porque el cariño es el mismo. Y poco a poco, cada vez a más a menudo lo consigo, simplemente me sonrío cuando escucho sus previsibles respuestas tantas veces repetidas, o cuando a pesar de mis indicaciones para realizar una tarea, ella se empeña en realizarla a su manera. Yo sé que no es por llevar la contraria, ni mucho menos, eso lo tengo claro, pero supongo que no estamos del todo preparados para esto, y a veces nos cuesta mucho tiempo y esfuerzo ponernos en su lugar, demasiado diría yo. 
¡Ay! la paciencia, qué preciada virtud. Y estas situaciones te obligan a realizar un máster contrarreloj sobre el tema, y al final aprendes, claro que sí, y avanzas, pero nunca lo suficiente, nunca llegas a desarrollar toda la paciencia que se merecen. Pero hay veces que ella, dentro de su cada vez más limitada consciencia de la realidad, se da cuenta de ello, de que la tratamos con cariño y paciencia, y por eso a su manera te lo agradece con un simple gesto, un gesto gesto tan sencillo como por ejemplo acariciarte la cabeza mientras estás agachado poniéndole los zapatos, y ahí ya, bufff, ahí te desarma, en esos momentos no sabes si reír o llorar, o ambas cosas a la vez, pero te parte el alma.
Y ya por fin, después de todo ese repetido ritual de todos los días hasta montarse en el coche, iniciamos el camino hacia casa, y ella observa, lo observa todo, hasta que lo dice otra vez:
–Hay que ver...no se ve una rata en la calle, ¡posija!
–Si es que no se puede salir mamaa, hay que estarse en casa quietecitos.
–¿No se puede salir no?...hay que ver, ni los bares abiertos ni naaa.
–Si es que no pueden abrir tampoco.
–¡Pos anda!
Llegamos e iniciamos el otro ritual, el contrario al de montarse en el coche, el de bajada, este es algo más sencillo, pero no falta la frase de advertencia: "Ten cuidaito hijo mío, no me des muchos tutes"
Entramos en casa.
–Puri, ¿lo que andamos con los libros lía compañera?
–Isabel, buenas tardes, sí aquí estoy –le contesta amablemente Puri.
–No me quites la rebeca que parece que hace fresco –me dice mientras ya he comenzado a quitarle la chaqueta que trae puesta.
–¡Anda yaaa! Trae que te la quite, que luego dentro un rato dices que te axfisias.
–¿Un cafelito Isabel? –pregunta Puri desde la cocina.
–Sí échame un poquito.
–Arrímate a la mesa que te manchas con el café –le digo.
–Este bicho es que se va patrás –me replica.
–¿Cómo se va a ir sólo es sillón? serás tú que lo empujas. 
Y es que efectivamente, no sé si consciente o inconscientemente, pero poco a poco empieza a hacer fuerza con la piernas, y el sillón que además tiene ruedas, pues termina por alejarla de la mesa, pero no, ella no es, "es este bicho que se mueve solo".
–¿Y las niñas? ¿Están parriba?
–Sí, están haciendo los deberes –le contesto sin saber qué están haciendo exactamente.
–Y tú ¿hoy no vas a correr?
–Que no se pude mamááá, que no se puede salir de casa –le vuelvo a repetir.
–Ahhhh ya, ya, es verdad, tampoco se puede correr entonces, pos anda que no lo tienen bien arreglao esto.
Le pongo la televisión, Canal Extremadura, porque ahí de vez en cuando sale alguna cosa que le llama la atención, pocas, pero sí, de vez en cuando la mira, sobre todo si salen imágenes de campo, de guarros especialmente: “Esos sí que son buenos, esos son de campo, campo, ¡cucha! ¡cucha! cómo corren”
Y tú la miras, y te preguntas qué puedes hacerle para que el paso del tiempo se le haga un poco más llevadero, pero no aciertas a saber el qué. De vez en cuando le sueltas alguna pregunta sencilla, pero la respuesta no da juego para mantener la conversación, tiene lucidez, también memoria, las dos en las dosis justas para seguir tirando para adelante. En el caso de la memoria, como le ocurre a casi todos los mayores, le resulta mucho más sencillo recordar el pasado lejano que el reciente, ahí el disco duro le juega ya malas pasadas y cada vez más a menudo le cuesta recordar incluso lo que ha comido ese día.
Así que de nuevo pierde la mirada en la televisión y suspira.
No lleva ni media hora en casa y…
–¡Buufff! ¡Qué calor! Esto está como un horno. ¡Qué fatigitas!
–Pues no decías antes que no te quitase la rebeca, anda que estás arreglá.
–Pos tengo caló.
–Y la "música" esta, ¿hasta cuando va a durar? –pregunta de repente como si se acabase de acordar de la situación.
Y yo que sabía perfectamente a qué “música” se refería, contesté: “Pues no sabemos, pero todavía nos queda un tiempo, mientras no saquen una vacuna o algún medicamento para curar esto...”
–Poshija, estamos arreglaos.
–¡Hola abuela! –dice Lucía al verla sin hacer siquiera el intento por acercarse a darle un beso, ya que ella les dijo el primer día a las dos que: "ahora no se pueden dar besos, que lo ha dicho la tele".
–Hola hija...pui eso, vas a ir a algún lao?
–Dónde va a ir mamá, no te he dicho que no se puede salir...
–No abuela, voy a hacer una videollamada con las amigas –contesta la nieta con cariño.
–Ahhhh, ¿y la chica? ¿Parriba?
–Sí, está haciendo los deberes.
Pasan las horas, y todo el entretenimiento que tiene son los pequeños paseos de apenas tres minutos que damos en el patio cada cierto tiempo para que estire un poco la piernas.

Por fin llegan las ocho, y al menos mataremos diez minutillos un poco más amenos.
–Vamos arriba que vamos a salir a tocar las palmas
–¿Hoy también hay música de esa?
–Sí, esto es todos los días a las ocho.
Suena la música, salimos, se para la música y aplaudimos, después vuelve a sonar la música, y como por casualidad suene un pasodoble o cualquier otra música con un poco de ritmo, ahí está ella, “bailando” con un ligero movimiento de manos arriba y una mínima flexión y extensión de rodillas. ¡Ay madre! Sí ella pudiera, pienso yo para mis adentros, y no puedo hacer otra cosa que con media sonrisa, exclamar por lo bajini: “La madre que la parió”, mientras alguna vecina también sorprendida dice aquello de: “¡Cúchala, cúchala, oi la joia, que marcha ha tenío siempre!”
–Venga, vámonos para adentro –le digo–. Ve dando la vuelta despacito.
–Espérate, es que estas zapatillas se pegan a este suelo.
Y efectivamente, ahora son las zapatillas las que parecen estar pegadas al suelo con una ventosa, pero los dos sabemos que no son las zapatillas, y que tampoco es culpa del suelo…
–¿Tienes hambre?–le pregunto por romper el silencio.
–No, no tengo hambre porque me comí este mediodía...un...una...que me dio...más grande que un demonio y no tengo hambre –me contesta haciendo un esfuerzo por recordar cómo se llama eso que comió y también el nombre de quién se lo dio.
–Hombre máma, pero desde este mediodía para acá...
–No, pos no tengo hambre.
Por fin llega la hora de cenar y ella sigue sin hambre…
–Ya está, ya está, no me eches más, que yo no quiero, eso es mucho, quítame de aquí que eso es mucho.
–Anda yaaa, tú come y lo que no quieras lo dejas ahí que luego lo tiramos –le repito yo como todos los días consciente de que a ella como a la mayoría de los de su generación, eso de tirar no le hace mucha gracia.
Luego Puri y yo nos miramos y nos reímos porque…no tenía hambre no, pero se come ese plato entero que decía que era mucho, después de haber pedido otro trozo de pan en dos ocasiones, y se come además un poco de  jamón, dos trozos de queso y un yogurt, pero nooo, ella no tenía hambre.
–¿Vámonos ya no? –me dice en cuanto termina la última cucharada del yogurt.
–Espérate mamá, tendré que terminar de cenar yo ¿no? ¿Qué prisa tienes?
–No, yo noo –contesta mientras empuja hacia atrás el sillón separándose de la mesa impaciente por levantarse.
–¡Venga María Prisiña, vámonos ya! –le digo con humor aunque en tono de reproche por su impaciencia.
–¿Ya nos vamos?
–Nos vamos ya sí. Venga arriba.
–No me pongas la chaqueta que no hace frío.
–Mamá, no hace frío aquí, en la calle claro que hace frío, y sólo tienes una manga.
–Pos no me la abroches, na mas que uno y ya está.
–Que síí.
Y entonces como cada noche, repite su mítica frase de despedida: “Hasta mañana si Dios quiere, que paséis buena noche” –y es en ese preciso momento, no sé muy bien porqué, pero lo cierto es que me pasa todas las noches, cuando siempre pienso que esa frase de despedida de mi madre me acompañará el resto de mi vida, que no voy a olvidarla nunca, y también estoy seguro de que será una de esas frases que en el futuro repetiré muchas veces junto a la coletilla: “Como decía abuela Isabel…”. Y entonces, en ese preciso momento, me invade una enorme tristeza mientras miro su cada vez más inexpresivo rostro y la veo arrastrando los pies hacia la puerta de la calle
–Igualmente abuela –contestan al unísono sus nietas.
–Hasta mañana Isabel –le contesta Puri.
–Venga, despacito...échate más palante, hasta el borde del umbral, que sino de ahí no llegas para echar el pie abajo.
–¿Más palante?
–Síí, más, máás, no ves que luego no llegas bien a bajar el pie.
–Ave, quita tú el pie de ahí que te piso.
–¡Cómo me vas a pisar! Si ahí no vas a llegar. Vengaaa
–Entonces me bajo ya ¿no?
–Sí, cuando tú quieras ya. Venga, ahíí, despacito, muy bien ¿No ves como no te caes, que yo te tengo agarrada en todo momento?
–No, es que con estos zapatos...el pie...no eso y... ¿Dónde tienes el coche? –pregunta como cada noche.
–Ahí, ¿no lo ves?
–!Ah! sí, no como otras veces...
Y así transcurre nuestra conversación día tras día sin apenas variación, yo conozco todas sus preguntas y todas sus respuestas, pero sin embargo ella necesita mis respuestas todos los días.
Iniciamos de nuevo el ritual de subir al coche evidenciando ambos una gran coordinación en esta tarea. 
–Ave, el tiesto este que yo no alcanzo pa amarrarme.
–Espérate mamá, que ahora te lo abrocho, tranquilaa.
–Hay que ver, que no se ve ni una rata, como está too –me vuelve a repetir de camino a casa.
–Tira ya del bicho este –exige incluso antes de parar el motor del coche.
–Mamaaa, espérate mujer, que todavía no he parado ni el coche, espérate que me quite yo el mío ¿no? No seas tan impaciente.
Entramos en su casa salvando con dificultad el umbral de entrada, pero una vez en el pasillo, parece que adquiriese una "marcha" más y camina con bastante más ¿velocidad?, no sé, será por aquello de la confianza que inspira el absoluto conocimiento del entorno, pero sea lo que sea, resulta por lo menos llamativo. 
–¿Dónde vas? –le pregunto cuando la veo embalada hacia la cocina.
–A las pastillas –contesta, pero yo sé que no, que no va "a las pastillas", yo sé que lo que quiere es asegurarse de que mi hermano está bien, y hasta que no lo vea no se va a quedar tranquila. Supongo que esto también es así, que se ejerce de madre hasta al final, que no importa cómo estés tú, que ese afán protector de madre no hay enfermedad que pueda acabar con él , puede que se te olvide hasta tu propio nombre, pero jamás se te va a olvidar hacer el papel de madre.
Por eso, no le digo nada, y espero, espero a que llegue a la puerta de la cocina y pueda quedarse tranquila al ver a mi hermano y que este le conteste, y entonces sí, entonces le digo: “Espérate que te ponga el pijama primero, luego vamos a las pastillas”.
–¡Ah! ¿el pijama primero no?
–Sí mamá, el pijama primero  y ahora ya sí, una vez hecha la pertinente comprobación, accede a ponerse el pijama. 
Pero antes de salir de la cocina tiene que asegurarse que mi hermano haya cenado ya.
–¿Ya has cenao? 
–Sííí mamá –contesta mi hermano casi antes de que ella termine la pregunta.
–Pos eso es lo que yo quiero, hijo mío, que comas.
–Hasta mañana si Dios quiere –se despide de mi hermano.
–Si Dios quiere.
No sin dificultad comienza a girar en la cocina para salir, pero necesita tiempo, y sobre todo espacio, ya se sabe, aquello de que; “las zapatillas esas que se le pegan al suelo”.
Aún queda la escena del dormitorio.
–¿Y si me quedara esta camiseta? Totá...
–Cómo te vas a acostar con la camiseta, entonces ¿para que tienes el pijama?
–Pos eso digo yo. Bueno, pos ya está, quítamela.
–Ese pijama no que está mojao. 
–¿Pero cómo va a estar mojado?
–Pos que está mojao, no lo ves...
–Pero mamááá, que esto no está mojado...
–Bueno, bueno, hacé lo que queráis, venga pónmelo ya porque no me hacéis caso nunca.
–Amos yaaa, mojao, ¿cómo va a estar mojao? –le replico. 
–Pos que está mojao...–sentencia ella. 
Yo sé que quizás no debería discutir con ella y simplemente coger otro pijama y ya está, pero lo cierto es que no, que a veces la intento convencer de que el pijama está seco, pero es un esfuerzo baldío, si ella dice que el pijama está “mojao” es que está “mojao”, y no nos damos cuenta de que ella lo siente realmente así, que no es la realidad, pues no, no lo es, pero sí es su realidad, y todavía nos cuesta entender eso, nos cuesta porque no es fácil hacerlo.
– Ave las pastillas...
– Espera que te dé el vaso de agua.
Entonces le doy las pastillas de por la noche y se las entra de golpe en la boca, y con un enorme esfuerzo termina por tragarse las tres, incluida la chiquinina como dice ella.
–La cama, mira a ver si la han hecho bien, que algunas veces la zagala…entalla ahí… y luego…
–La cama está bien hecha mamá, está como todos los días.
–Bueno, tu mira bien ahí a ver si...no vaya a ser que...que luego por la noche...vosotros no sabéis las fatigitas que yo paso...
–No ves, está bien hecha, espera que te la abra. Venga siéntate ya en la cama.
–Ten cuidadito hijo, no me des ahí que tengo...
–Venga, despacito, aaahí, venga ahora baja los pies, eso es.
–¿Me has quitao los calcetines?
–Que sí mamá que te los he quitado.
–No es que parecía que estaba ahí mojao las sábanas abajo.
–Que no, que eso está bien.
–Pos ya está.
–Ponme en los pies la...eso de flores...lo de tu hermano...el cachondo ese...–yo sé a que se refiere, pero ella es incapaz ya de ponerle nombre a la mayoría de las cosas, y por lo tanto casi todas sus frases se quedan por acabar. 
–Que sí mamá, que ahora te la pongo.
–Esa, esa – me dice cuando me ve con la mantita en la mano   pero no me lo pongas doblao, que eso pesa mucho y luego no me puedo ni mover.
–Si esto no pesa nada mamá, y luego dices que tienes frío en los pies.
–No, no, tú pónmelo a mi ahí estirancao que luego yo si eso...
Hasta aquí todo igual cada noche, lo único que a veces varía es que unas veces la noche anterior resulta que pasó calor y no quiere la mantita en los pies, y otros te dice que hay que ver el frío que pasó la otra anoche porque no le pusimos la mantita en los pies.
–¿Me has puesto el agua?
–Sí, ahí la tienes al lado de la almohada.
–Pos ya está...y la has cerrao bien la botella, mira que luego se vierte
–Que síí
–Bueno hijo mío, pues hasta mañana ya. ¿Hoy no tienes...? ¿hoy no...?
–No mamá, trabajé ayer, hoy tengo libre. Venga hasta mañana.
–No hijo mío, besos no, que está la cosa muy fea.
–Lo que tú digas, vengaaa, hasta mañana, te quiero, que descanses –le digo mientras le acaricio el pelo y le doy un beso que ella me devuelve multiplicado por diez, y eso que no se podía…
–Hasta mañana hijo mío, ¿Has cogio el móvil?
–Sí
–¿Y las llaves?
–Que síí
–Bueno hijo mío, que descanses...cierra la puerta.
–Hasta mañana mamá.

Y este es nuestro día a día, aunque no, no es un día cualquiera, es un día más que estoy con ella, y por eso lo valoro, es como una rutina que como todas, a veces puede resultar incluso aburrida, porque hay poco margen para las sorpresas, pero una rutina que sé que algún día voy a echar mucho de menos. Por eso hoy cuando he llegado a casa después de acostarla, he sentido la necesidad de escribir esto, porque no quiero que se me olvide ningún detalle de cada uno de esos “rituales” que quizá ahora no valoro lo suficiente. Porque nunca valoramos lo suficiente el presente, no sé porqué, pero es así, pensamos que las “cosas” duran eternamente y no, no es así, las situaciones van cambiando, las circunstancias van cambiando, y sobre todo las personas, que no es que vayan cambiando, es que terminan por irse, y ese sí que es un daño irreparable. Por eso no está demás de vez en cuando hacer este tipo de cosas que yo a veces suelo hacer en este blog, este tipo de reflexiones en voz alta, me sirven para refrescarme la memoria y no dejar de valorar todo lo que me rodea, especialmente a las personas, porque el resto se puede recuperar o se pude reemplazar, pero las personas, todas y cada una de ellas son únicas e irremplazables, y las que a mi me rodean además, son simplemente maravillosas.
Por eso a pesar de todo, no me queda más que dar gracias y seguir mirando al futuro con ilusión y optimismo, aunque estos no sean precisamente los mejores tiempos para ello.
Sé que un día leeré esto y lloraré a lagrima viva, lo sé, pero estaré en paz, porque a pesar de la pena que irremediablemente me invadirá, también recordaré todo el cariño que puse, que estoy poniendo en estos momentos difíciles.
Una vez más, y no sé ya ni cuántas van, me vuelvo a acordar de la canción de Pastora Soler "La mala costumbre", una canción que ya he escrito por aquí en varias ocasiones, se ha convertido en algo así como un himno para mí, porque escuchándola de vez en cuando, te recuerda eso precisamente, que no se pude esperar a perder a alguien para después añorarla y valorarla como se merece..."antes que sea tarde, antes que el tiempo me aparte de ti" así que por favor, hay que decir mucho más "TE QUIERO".

(Oliva, 28 de abr. de 2020 en pleno confinamiento por la crisis del coronavirus).

LA MALA COSTUMBRE (Pastora Soler)

Tenemos la mala costumbre de querer a medias
De no mostrar lo que sentimos a los que están cerca
Tenemos la mala costumbre de echar en falta lo que amamos
Sólo cuando lo perdemos es cuando añoramos

Tenemos la mala costumbre de perder el tiempo
Buscando tantas metas falsas tantos falsos sueños

Tenemos la mala costumbre de no apreciar lo que en verdad importa
Y sólo entonces te das cuenta de cuántas cosas hay que sobran
Hoy te daría los besos que yo por rutina a veces no te di
Hoy te daría palabras de amor y las caricias que perdí
Cuanto sentimos cuanto no decimos y a golpes pides salir
Escúchame antes que sea tarde antes que el tiempo me aparte de ti

Tenemos la mala costumbre de buscar excusas
Para no desnudar el alma y no asumir las culpas

Tenemos la mala costumbre de no apreciar lo que en verdad importa
Y sólo entonces te das cuenta de cuántas cosas hay que sobran…

Cuanto sentimos cuanto no decimos y a golpes pides salir
Escúchame antes que sea tarde antes que el tiempo me aparte de ti

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